Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo
Durante años pensé que mis dificultades significaban que no era suficientemente capaz. Con el tiempo, mi propio proceso terapéutico me permitió comenzar a comprender mi historia de otra manera. No se trataba simplemente de descubrir qué dificultades tenía. Se trataba de comprender cómo había aprendido a verme a mí misma a partir de esas dificultades.


Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo
Mi historia: comprenderme para poder acompañar a otros
Durante muchos años pensé que tenía que esforzarme más que los demás para conseguir lo que quería. Desde niña había experimentado dificultades que entonces no tenían un nombre para mí.
Me costaba mantener la atención y organizarme, pero también había algo más: me sentía torpe. Algunas actividades de coordinación motora fina y gruesa me resultaban especialmente difíciles. Escribir, realizar determinadas tareas manuales, coordinar movimientos, orientarme en el espacio o aprender algunas habilidades físicas podía requerirme un esfuerzo mucho mayor del que parecía necesitar a mi alrededor.
Hoy puedo comprender esas experiencias desde los conocimientos actuales sobre el neurodesarrollo. En la adultez recibí un diagnóstico de TDAH con predominio inatento y, al conocer más sobre las dificultades de coordinación motora, encontré también una posible explicación para una parte importante de aquellas experiencias infantiles.
Pero en aquel momento no tenía esas explicaciones. Y cuando un niño no comprende por qué algo le cuesta, muchas veces termina pensando que el problema está en él.
Yo fui construyendo poco a poco una imagen de mí misma como una persona distraída, torpe, poco eficaz y poco competente.
Me comparaba constantemente con los demás. Sentía que otros eran más inteligentes, más hábiles y más seguros.
Y aprendí a compensar mis dificultades con muchísimo esfuerzo. También aprendí a pasar desapercibida.
Cuando demostrar lo que sabía también se convertía en una fuente de ansiedad
Los retos podían despertar una angustia intensa. Un examen, una evaluación o cualquier situación en la que tuviera que demostrar mis capacidades podía convertirse en algo mucho más que una prueba de lo que sabía.
La ansiedad y el estrés podían sobrepasarme. Cuanto más me preocupaba por hacerlo bien, más difícil me resultaba concentrarme, organizar lo que sabía y responder de la manera en que realmente podía hacerlo.
A veces sabía que estaba preparada, pero en el momento de la prueba no lograba mostrar todo lo que había estudiado.
Y cuando mi desempeño no reflejaba lo que yo sentía que era capaz de hacer, no pensaba: “La ansiedad está interfiriendo en mi rendimiento.”
Pensaba: “Quizás no soy suficientemente capaz.”
Esa experiencia fue reforzando poco a poco una inseguridad que ya estaba presente. Ingresar a una buena universidad fue un reto importante. La atravesé con esfuerzo, pero también con mucho sufrimiento. Había una ansiedad y una inseguridad que no siempre eran visibles para quienes me rodeaban.
Más adelante, durante mis primeros años profesionales, esa sensación continuó acompañándome.
Incluso cuando conseguía objetivos importantes, podía aparecer la sensación de no ser realmente tan competente como los demás pensaban.
El síndrome del impostor formó parte de esa etapa de mi vida.
La terapia cambió la pregunta
Con el tiempo, mi propio proceso terapéutico me permitió comenzar a comprender mi historia de otra manera. No se trataba simplemente de descubrir qué dificultades tenía.
Se trataba de comprender cómo había aprendido a verme a mí misma a partir de esas dificultades.
Poco a poco fui pudiendo diferenciar:
tener una dificultad de ser una persona incapaz.
necesitar más esfuerzo de ser menos inteligente.
sentirme insegura de no tener recursos.
haber tenido experiencias difíciles de tener algo malo en mí.
Ese proceso no ocurrió de un día para otro. Ha sido un camino de muchos años en el que he tenido que trabajar la inseguridad, los sentimientos de minusvalía, la comparación y una exigencia interna muy elevada.
Y ese camino también transformó mi manera de entender la psicoterapia.
Hoy acompaño desde ese lugar
No considero que mi historia sea la historia de todas las personas que llegan a consulta. Cada persona tiene su propia historia, sus vínculos, sus experiencias y sus recursos.
Pero conocer desde dentro lo que significa sentirse insuficiente, exigirse demasiado, compararse constantemente, vivir con miedo a no estar a la altura o experimentar una ansiedad que termina interfiriendo con aquello que queremos demostrar ha influido profundamente en mi manera de acompañar.
Por eso, en mi trabajo no me interesa solamente aliviar un síntoma. Me interesa ayudar a la persona a comprender qué hay detrás de aquello que hoy le está haciendo sufrir.
A veces necesitamos comprender nuestra historia.
A veces necesitamos aprender a relacionarnos de otra manera con nuestras emociones.
A veces necesitamos revisar vínculos, límites, creencias o patrones que se han ido construyendo a lo largo de los años.
Y muchas veces necesitamos algo todavía más profundo:
volver a descubrir nuestro propio valor, más allá de aquello que creemos que deberíamos ser.
Mi experiencia personal no define a quiénes acompaño. Pero sí forma parte de la manera en que lo hago: con respeto por la historia de cada persona, con sensibilidad hacia aquello que no siempre se ve desde fuera y con la convicción de que comprendernos puede abrir un camino diferente.
Quizás la pregunta no sea solamente:
“¿Qué está mal en mí?”
Quizás también podamos preguntarnos:
“¿Qué me ha llevado a mirarme de esta manera?”
Y desde ahí comenzar a descubrir quién soy más allá de lo que he vivido.
Porque a veces pasamos tantos años intentando corregir aquello que creemos que está mal en nosotros, que olvidamos preguntarnos quiénes somos más allá de nuestras dificultades y nuestras vivencias.


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